Es verano. Entre los bosques de sombrillas que se vislumbran en la playas, el caluroso canto de la chicharra y cuerpos embadurnados de crema protectora, se erige una figura tan familiar en la época estival como las pelotas de Nivea. Mientras las calles de las ciudades interiores están desoladas y los jubilados acaban de ultimar su partida de dominó, la prensa madrileña, comúnmente conocida como prensa española, nos avalancha a declaraciones, pretensiones y antojos de uno de los personajes más conocidos y ¿dije carismático? del panorama deportivo nacional: Florentinino Pérez.
A riesgo de parecer previsible, hay quien dice que pagar 120 millones por un jugador es algo, cuanto menos, desorbitado. Esto es algo totalmente falaz. Si hay en el mundo un club capaz de desembolsar semejante e ingente cantidad, ése es el Real Madrid. No nos quepa ninguna duda. Digo yo, en algo habrá que invertir los billonarios contratos televisivos, las toneladas de camisetas vendidas y el dinero de las entradas de las tres últimas semifinales de Champions. Algo habrá que hacer, que está la cosa muy mala...
Máxime cuando jugadores como Kaká llevan haciendo esperar a toda la parroquia madridista para que muestre algún atisbo del nivel que maravilló al mundo cuando jugaba en el Milan dirigido por Carlo Ancelotti. Y si hay que pagar 38,8 millones de euros en un jugador de la Real Sociedad conocido hasta en Malasia como Illarramendi, pues se hace. Que no se puede descuidar el cutis en esta época del año.
Luego está Modric, jugador que, recordemos, llegó al Real Madrid la pasada temporada procedente del Tottenham, por, agárrense, 42 millones de euros. 42 millones de euros, como lo oyen y dos goles anotados en la campaña anterior: ante Manchester United y Mallorca. O sea, cada uno de esos goles del jugador croata se tasan, o mejor dicho, Florentino Pérez los tasa en la sugerente cantidad de 21 millones cada uno. Si el Real Madrid está dispuesto a gastar 21 millones, cantidad que excede el presupuesto de muchos clubes de Primera y, evidentemente todos los de las categorías inferiores, en un gol, ¿cuánto estará dispuesto a pagar por un jugador, con sus piernas, su cabeza, sus manos y todos los avíos?
El consejo de Administración del Real Madrid debe ser como la cuna de los caprichos de Florentino Pérez. El mandamás blanco, que tonto no es el hombre, no compra un jugador hasta saber a ciencia cierta que los ingresos obtenidos por camisetas y merchandising tripliquen la cantidad desembolsada por el susodicho. Sí, pero eso no excluye el hecho de que se realicen fichajes que realmente no necesita el Real Madrid, por ejemplo Isco, gran jugador con un futuro prometedor que tendrá que lidiar con Özil. Difícil lo veo. Concíbelo, si quieres, como el niño antojadizo que aborda todas las tiendas de juguetes y acosa con prerrogativas a sus adinerados padres. Sólo que en el caso del Real Madrid, los padres somos todos los españoles en forma de activos financieros en Bankia.
Y he ahí un dato tan suspicaz como realista: según un baremo realizado, el opulento fichaje de Cristiano Ronaldo (uno de los primeros antojos presidenciales de Tito Floren en 2009, aunque esa vez con fines presidenciales) le valió al Real Madrid la nada desdeñable cantidad de 95 millones de euros, milloncito arriba, milloncito abajo. Según esa tasación, dicho fichaje nos costó 4 euros a cada español, algo menos de lo que cuesta un cubata. Cantidad de dinero financiada por Bankia, entidad bancaria íntimamente relacionada con el Real Madrid, y que, recordemos, fue rescatada económicamente por nuestro siempre competente Gobierno. Todo ello no hubiera sido posible sin la inestimable ayuda de una inyección presupuestaria con el dinero de alguien. ¿De quién? Una pista: no fue del Real Madrid ni de Florentino Pérez.
La conclusión que se extrae de todo esto es: si Cristiano Ronaldo nos costó 4 euros a todos los españoles, ¿por cuánto nos va a salir la gracia de Bale?
Ya de vuelta de mis obligaciones académicas, retomo la aparcada actividad del blog. Es hora de echar la vista atrás y analizar la temporada del Barcelona, ver qué cosas han ido bien, cuáles hay que cambiar, qué mejorar y, por supuesto, qué sustituir. La idiosincrasia del Barça, muy arraigada a la mentalidad hegemónica en Cataluña, exige hacer autocrítica para aprender de los errores, emitir un diagnóstico apropiado y tratar de solventarlos con la mayor eficacia posible. Joder, menudo coñazo los culés estos...
No nos engañemos. Esta temporada nos ha dejado, al menos a mí, un sabor de boca agridulce. Que sí, que te dirán que hemos igualado el récord de puntos en la Liga, llegado a las semifinales de la Champions, que ha sido mejor año incluso que el del triplete y yo qué sé qué más. Y omitirán detalles tan insignificantes como aquella sonrojante eliminación ante el todopoderoso Bayern de Múnich por un contundente 7-0, las tres dolorosas derrotas ante el Real Madrid, la recaída de Tito o jugadores como Piqué que han perdido nivel físico. Bah, tonterías.
El anhedónico Sandro Rosell y su oportunista directiva te dirán que no. Que ha sido una temporada ejemplar, pero ni ellos acaban de creerse sus palabras tan falaces como impregnadas de una cortina de humo que pretende echar sacos fuera. Cuando espetan que no hace falta fichar a un central de garantías, obviamente tienen razón. ¿Para qué fichar un central si no ha sido necesario en la última temporada, ni en la anterior, ni en la otra? No hay que gastar por gastar, amigo. Si hay que aguantar con Puyol con la rodilla fracturada por 39 sitios a la vez, se hace y punto.
Luego dirán que Tito Vilanova es el técnico ideal para el Fútbol Club Barcelona, un auténtico líder capaz de manejar un vestuario y Jordi Roura tiene más autoridad que un coronel de la Guardia Civil. Por supuesto, en el vestuario azulgrana no está implantada la autogestión, no hace falta reinventar la filosofía para hacerla más productiva, el Falso 9 es el mejor invento de la historia después de la cama y evidentemente no hay que fichar un delantero centro nato para ganar profundidad en el juego. Por favor, no digamos tonterías.
A la hora de regalar, perdón quise decir, de vender, en Can Barça se tira la casa por la ventana. Si el Atlético de Madrid está dispuesto a ofrecer la mareante cantidad de cinco millones por Villa, no hay ni que pensarlo aunque el Liverpool ofrezca 18 kilos. De hecho, me parece feo no incluir a Iniesta en la operación, a modo de suculento 2x1. Si hay que desarbolar la cantera cediendo a jóvenes promesas como Rafinha y Deulofeu al Celta y Everton, respectivamente, pues se hace. Faltaría más.
¿Por qué ganar una pasta con los paradisíacos destinos de Bojan (Roma, Milán, Ámsterdam) si la operación sale por 0 euros? Y si viene algún ilustrado proponiendo la opción de repescar a Cuenca del Ájax, ni puto caso. Que no hay tiempo para tonterías carentes de fundamento. ¿Y por qué no foguear a Thiago Alcántara en el primer equipo, a vistas de que Xavi ha perdido la suspicacia de antaño? Como diría aquél ¿Por qué? Dejémonos de tonterías.
Y por supuesto, caeremos en el sibilino arte de malmeter, generar crispación y proyectar malestar en el exterior. Si hay que inventarse que Guardiola le dijo al presidente del Santos que Vilanova no sabría alinear juntos a Messi y Neymar, pues se hace. Oye tú, de algo hay que comer, que está la cosa muy mala. Las afiladas garras de la inflación nos afectan a todos. Para cualquier desavío, para cualquier ganga a precio de costo, no dudéis en visitar el mercadillo que nuestro particular genio en finanzas Sandro Rosell tiene montado en el Fútbol Club Barcelona. Y, si no está satisfecho, le devolvemos su dinero.
Si en los últimos tiempos hay un jugador que no pasa indiferente por sus excentricidades, ése es Mario Balotelli. El italiano no acapara el protagonismo por la indiscutible calidad que atesora, sino por sus frívolas actuaciones fuera de los terrenos de juego. Estas acciones, que a veces rozan el marco de la ilegalidad, han eclipsado el talento del internacional italiano y han pasado a ocupar las primeras páginas de los rotativos nacionales de los países en cuyos equipos ha jugado. Quemar su casa con fuegos artificiales o ir a un streaptease antes de un partido forman parte de su gran historial de anécdotas.
Tras ganar la Champions con el Inter de Mourinho en 2010, Mario Balotelli se sumó al pretencioso proyecto del Manchester City. En el equipo inglés, el díscolo ariete firmó uno de sus incidentes extradeportivos más sonados en marzo de 2011 y The People se hizo eco de la estrambótica noticia en la que Balotelli ponía a prueba su puntería pero de un modo algo distinto a cómo lo haría un jugador profesional. No ponía a prueba sus disparos hacia la portería, ni medía la precisión de sus centros o pases. El entonces jugador del City afinaba su puntería de un modo muy particular.
Una mañana como otra cualquiera, Mario Balotelli se encontraba aburrido en la siempre acogedora ciudad de Manchester. A fin de saciar su hastío, cogió su coche de varios ceros en dirección a la zona deportiva de su club entonces, el City, donde se encontraban los juveniles del club en una sesión matutina de entrenamiento. Una vez allí, Balotelli se subió a un primer piso y empezó a tirar dardos a los canteranos del equipo inglés para mejorar, de este bizarro modo, su puntería aunque no fuera con los pies.
A pesar de la gravedad y trascendencia del asunto, su club no tardó en salir en defensa del jugador a través de un comunicado: El Manchester City tratará el tema internamente, pero estamos convencidos de que Mario no trató de dañar a nadie. Afortunadamente, así fue como ocurrió y no hubo que lamentar daños personales en nadie. Este hecho no cayó en saco roto y, una vez llegó a oídos del seleccionador italiano Prendelli, a punto estuvo de costarle la internacionalidad con la azurra.
Esta no era la primera vez en la que Mario Balotelli desataba la polémica. Semanas antes, en un partido de Europa League se autoexpulsó tras inferirle una escalofriante patada a un adversario, dejó a su novia en directo a través de un programa de televisión y en diciembre de 2010 pronunció una frase, atrevida, petulante y no exenta de sentido del humor: Sólo hay un jugador un poco mejor que yo y se llama Leo Messi.
Con la entrada del nuevo milenio, Francia, primera en el ránking FIFA y campeona del mundo, buscaba conseguir el cetro de Campeón de Europa y reivindicar, así, una generación dorada para el fútbol francés. El reto en esta ocasión era rememorar viejas tardes parisinas de 1984. De este modo, la selección francesa acudió a la Eurocopa de Bélgica y Holanda en el año 2000 con un nuevo seleccionador, Roger Lemerre, que sustituía al técnico campeón del mundo, Aimé Jacquet. Una versión mejorada del equipo campeón del mundo dos años antes tenía la misión de entrar en la historia. Y bien que lo hizo...
Dicho esto, Les Bleus se convertirían en el primer equipo de la historia en ganar un Mundial y una Eurocopa de forma consecutiva. Ya lo haría Alemania en orden inverso. La Mannschaft de Franz Beckenbauer y Gerd Müller se adjudicaría la Eurocopa de Bélgica 1972 y el Mundial de Alemania 1974, quedándose a la puertas de firmar el triplete al perder la final de la Eurocopa de Yugolavia 1976 con el inenarrable gol de Panenka. La gesta de Francia sería, primero, igualada por España al ganar la Eurocopa de Austria y Suiza 2008 y el Mundial de Sudáfrica 2010 (en orden inverso a Francia, curiosamente diez años después) y, luego, superada tras la consecución de la Eurocopa de Polonia y Ucrania 2012.
Por primera vez en la historia, se celebraría un torneo internacional en dos países simultáneamente. Así pues, para analizar este campeonato hay que hacer referencia necesariamente al factor suerte. En el fútbol existe un aforismo según el cual la suerte juega el 50% del partido. En esta Eurocopa se excedió ese porcentaje. Francia solventó muchas de sus eliminatorias mediante goles de oro, penaltis y goles contra la bocina. De hecho, en el último partido de la fase de clasificación, un empate entre Rusia y Ucrania, encuadradas en su mismo grupo, dejaba fuera a la campeona del mundo. Sin embargo, un agónico gol de Shevchenko salvó a Francia de jugar una hipotética repesca ante Eslovenia. Sería el preludio que la fortuna esbozó para Francia en la Eurocopa.
Los pupilos de Lemerre ganarían a Dinamarca en el partido inaugural con goles de Thierry Henry, Laurent Blanc y de una cara nueva en el equipo: Sylvain Wiltord. El segundo partido de Francia sería nada menos que contra la subcampeona de Europa, la República Checa, verdugo de Les Bleus en la Eurocopa anterior, que había perdido la final del torneo europeo cuatro años atrás en Wembley ante Alemania. Aunque en este partido Francia pecó de un exceso de verticalidad, nuevamente Henry y Youri Djorkaeff marcaron frente al solitario gol de Poborsky. Sin embargo, los franceses pasaron a cuartos de final tras perder por dos goles a tres con la potente Holanda tras una épica remontada de los tulipanes con un golazo incluido de Frank de Boer. Tití Henry volvió a mojar por tercer partido consecutivo.
Llegaron los cuartos y, con ellos, la suerte volvió a jugar del lado de Francia. Partido ante España como ya ocurriera en la final de París 1984. Esta vez no estaba Platini ni la desdichada parada de Arconada pero sí un tal Zinedine Zidane que colocó un preciso lanzamiento de falta en la escuadra defendida por Santiago Cañizares. Una acomplejada y no exenta de talento individual selección española consiguió empatar por mediación de un penalti transformado por Gaizka Mendieta. La rutilante estrella del partido fue un majestuoso Zidane. No obstante, los sueños de España se harían añicos tras el gol anotado minutos después por Djorkaeff. En el último minuto, Raúl mandaba al cielo de Brujas todas las esperanzas de los españoles y Francia se clasificaba a semifinales, en las que el factor suerte volvería a hacer acto de presencia.
Les Bleus de 2000 se mostraron como un equipo más maduro que en el Mundial. Salieron jugadores con poco nivel como Guivarc'h o Diomede y se erigió como un equipo más ordenado, con un Thierry Henry explosivo y un Zinedine Zidane mucho más sofisticado que años anteriores. De hecho, el marsellés fue designado mejor jugador del certamen. Francia permaneció fiel a su estilo basado en el desgaste físico y en la fortaleza, decorado por los vestigios del rompedor Fútbol Champagne que databa de la época de Platini. El equipo se presentó más serio, su fútbol había mejorado y, gracias al ya más experimentado talento de Henry y Trezeguet, se pulió uno de los puntos débiles de la selección: la delantera.
Francia tenía una sólida y expeditiva defensa formada por Thuram, Blanc, Desailly y Lizarazu. Un inexpugnable centro del campo comandado por Deschamps y Vieira brillaba por su elasticidad, capacidad de recuperar balones e iniciar la transición defensa-ataque. La delantera era aderezada por las genialidades de Djorkaeff, Henry y, cómo no, Zidane. La velocidad y buen manejo del balón en la mediapunta de Zizou y de Djorkaeff proveían de suculentas ocasiones a Henry en la delantera o a un inspirado David Trezeguet.
Francia volvía a ser semifinalista de una Eurocopa y eso de ser solamente uno de los cuatro mejores equipos de Europa no entraba en sus planes. En esta ocasión, el combinado francés tenía delante una prueba de fuego frente a uno de los mejores equipos del torneo. Portugal era uno de los cocos del torneo, había ganado todos los partidos de la Euro, le avalaba un fútbol muy alegre y contaba en su plantilla con jugadores como Luis Figo, Rui Costa, Costinha y Nuno Gomes. Como ya ocurriera en la Eurocopa 1984, Francia y Portugal volvían a ser las protagonistas de las semifinales del Campeonato de Europa en un encuentro que, análogamente, también se solventaría en la prórroga.
La selección lusa se adelantó en el marcador por medio de Nuno Gomes. Sin embargo, la joven veteranía de Thierry Henry empató el encuentro por medio de un tiro colocado a la cepa del poste. Así se llegó a la prórroga con un ya extinto formato de gol de oro. Francia se vería las caras con esta discutible forma de decidir la victoria por primera vez en la Eurocopa. El defensa portugués Abel Xavier provocó un penalti que Zidane, quien había dado una lección celestial de fútbol, materializó y clasificó a Francia para su segunda final de una Eurocopa, la segunda final en tan sólo dos años.
Tras el agotamiento físico producido por una semifinal tan larga, Francia llegaba a la final de Rótterdam ante la siempre poderosa Italia. La final fue concebida como un choque entre dos estilos muy similares: Italia, paradigma del conservador catenaccio, se medía ante Francia que, pese a que se había asentado en un fútbol físico, conservaba los galones del buen trato de balón y juego vistoso. Fue un partido abierto desde el principio, en el que ambos equipos se lanzaron a la búsqueda impasible del gol. Francia tuvo problemas para mover el balón, dada la asfixiante presión italiana. Los azurri, por su parte, lo tenían fácil para llegar a la portería de Barthez. Zidane, desaparecido en la primera parte, entró en juego durante el transcurso de la segunda. La genialidad del mago marsellés encontraba a un pletórico Thierry Henry.
Los transalpinos, con su singular y pragmático estilo de juego, contaban con delanteros infalibres como Alessandro del Piero o Inzaghi y se adelantaron gracias a Delvechio. Francia estaba desconcertada mientras los minutos se iban sucediendo. El partido estaba muy igualado e Italia ya preparaba los prolegómeros de la celebración. En la recta final, Barthez lanzó un balón largo a la desesperada que Trezeguet, hijo de inmigrantes argentinos, rechazaría mientras Cannavaro sólo podía mirar. El cuero le llegó a un advenedizo Wiltord que efectuaría un potente disparo raso que se metería en la meta defendida por Francesco Toldo, héroe en semifinales ante Holanda. Era el último minuto y, de nuevo, la prórroga acechaba por el retrovisor.
Aunque Italia le estaba poniéndole las cosas muy difíciles a Francia, la prórroga estaba condicionada. En una acción de despiste de los italianos, cuyos esquemas estaban rotos, un balón servido desde la banda derecha a servicio de Robert Pires le llegó a David Trezéguet, que jugaba en la Juventus, para sorprender con un potente lanzamiento de volea que hundió a Francesco Toldo. Era el gol de oro que, al igual que en las semifinales ante Portugal, lo decidía todo. La selección francesa era campeona de Europa por segunda vez en su historia, lo que supuso la culminación al éxito tras el título de campeones del mundo. Fue un partido que demostró que en fútbol muchas veces las victorias las deciden los pequeños detalles y por el factor suerte. Los hombres del mítico Dino Zoff, taciturnos y cabizbajos, perdieron la Eurocopa en un par de minutos, en un advenimiento de la final de la Liga de Campeones del Camp Nou entre Manchester United y Bayern de Múnich un año antes.
Italia hizo mejor final que Francia pero, en general, les Bleus fueron mejores durante todo el campeonato de Europa. El fútbol, además de un espectáculo, es un juego y existen momentos en los que no es posible ofrecer un circo. La supremacía gala fue avalada en el viejo continente con la agónica final de Rotterdam, una victoria que sentó las bases del paradigma futbolísitico existente erigido en torno al fútbol físico. Francia nunca perdió la confianza en su juego en los partidos de la Eurocopa que disputó, incluso cuando el resultado era adverso. Italia, que encajó dos goles en el torneo antes de la final, perdió mediante otros dos tantos, uno en el descuento y otro en la prórroga.
Sin lugar a dudas, la figura del torneo fue Zinedine Zidane. El mago de la Juventus se echó el equipo a la espalda y brilló cual galaxia lejana en el equipo nacional que era bastante mejor que el de Aimé Jacquet. Zizou partía desde de la banda, conduciendo el balón hasta los tres cuartos de cancha, rodeado de un aura etérea que protegía el balón de los vanos intentos rivales por arrebatárselo. Delanteros que dieron el gran salto en el Mundial de 1998 como Henry y Trezeguet se consagraron en este torneo en el que ya eran más maduros. Tití por ser el máximo goleador de la selección y Trezegol por el tanto decisivo que llevó la copa a las vitrinas galas. Darían mucho que hablar en los años sucesivos y se convertirían en dos de los arietes más cotizados en Europa. Tras la victoria, Blanc y Barthez se dirigieron a la zona donde se concentraban los aficionados bleus para reeditar el ya clásico beso en la cabeza. Sería la última vez. Este partido sería el colofón para Blanc y Deschamps que se retiraban de la selección tras una fructífera etapa.
Tras la gran generación de Michel Platini que ganó la Eurocopa en 1984 en París, ésta, liderada por Zinedine Zidane, demostró que la selección francesa también podía ganar un gran torneo fuera de casa. Con la consumación del varapalo del Mundial 2002, el memorable ciclo se cerraría en la final del Mundial de Alemania 2006, tras el cabezazo que Zidane le propinó a Materazzi, en el último partido de Zizou como profesional. Fue una solemne victoria que no se podría haber narrado sin la magia de un equipo de corte defensivo pero muy depurado técnicamente. Un equipo histórico es la esencia de un jugador inigualable. Esa vez, ese jugador era francés y se llamaba Zinedine Zidane.
Comandados por el mediáticamente vilipendiado técnico Roger Lemerre, Francia se proclamó campeona de la Eurocopa 2000 con la misma base de jugadores que en el Mundial 1998, aunque con ciertos cambios.
Porteros: Bernard Lama (París Saint-Germain), Fabien Barthez (AS Mónaco) y Ulrich Ramé (Girondins de Burdeos).
Defensas: Vincent Candela (AS Roma), Bixente Lizarazu (Bayern de Múnich), Laurent Blanc (Inter de Milán), Marcel Desailly (Chelsea), Lilian Thuram (Parma FC) y Frank Leboeuf (Chelsea).
Centrocampistas: Patrick Vieira (Arsenal), Youri Djorkaeff (Kaiserslautern), Didier Deschamps (Chelsea), Zinedine Zidane (Juventus), Robert Pirés (Olympique de Marsella), Johan Micoud (Girondins de Burdeos), Emmanuel Petit (Arsenal) y Christian Karembeu (Real Madrid).
Delanteros: Nicolás Anelka (Real Madrid), Thierry Henry (Arsenal), Sylvain Wiltord (Girondins de Burdeos), David Trezeguet (Juventus) y Christophe Dugarry (Olympique de Marsella).
Ficha técnica de la final
Francia 2-1 Italia. Goles: (0-1) Delvecchio 56', (1-1) Wiltord 93', Trezeguet 13' de la prórroga.