2 de diciembre de 2014

Los calabozos del Borussia Dortmund


Los ultras fanáticos de fútbol representan la cara más lamentable del deporte, por llamarlo de alguna manera. Algunos equipos han optado por su erradicación, aunque resulta francamente complicado. Sin embargo, si hay un equipo que ha sabido entender a la perfección su riesgo, ese ha sido el Borussia Dortmund. El conjunto alemán castiga muy severamente los malos comportamientos, tanto los árbitros en el césped como el club en la grada. Los alemanes son bastantes estrictos con cualquier gesto ofensivo o insulto vejatorio. Las consecuencias punitivas pueden ser acabar en los calabozos del estadio. Sí, has oído bien, en los calabozos.

El Westfalenstadion, ahora denominado Signal Iduna Park por motivos comerciales, guarda una de las curiosidades más anecdóticas de los estadios europeos. Debajo de uno de los fondos, se encuentran un par de calabozos. Uno de ellos es destinado para los aficionados del equipo local que perturben la paz y la otra para los seguidores del conjunto visitante que no respeten las medidas de seguridad. Obviamente, la existencia de dos celdas fue pensada para evitar disturbios entre ambos equipos dentro de estas domésticas prisiones.

Dichas penitenciarías cuentan con una capacidad de 120 personas cada una y están pensadas para esos hooligans más fervientes y los que se exceden por motivos etílicos, a fin de evitar altercados. Adicionalmente, sus paredes están aisladas acústicamente, de modo que quienes van a parar allí no escuchan absolutamente nada de los partidos del Borussia Dortmund. La pequeña comisaría que los precede cuenta con cámaras de seguridad de alta tecnología que permiten grabar cualquier fechoría que se cometa dentro de las instalaciones del club alemán e identificar a sus responsables.

Básicamente, estas cárceles están diseñadas para los aficionados ebrios que pueden ocasionar problemas. En dichos casos, se les deja salir aproximadamente quince minutos antes de la conclusión del partido. En casos de altercados más graves, los hinchas pasan a manos de la justicia. Otros equipos de Alemania como el Bayern de Múnich también han tomado estas medidas para aumentar el buen ambiente en el estadio y disminuir la violencia y el fanatismo más absurdo. 


Fuente: J. I. García Ochoa (20/4/2013). La cárcel del Borussia. Diario Marca.

1 de diciembre de 2014

El autogol de la muerte


En el fútbol, no siempre hay historias agradables y alegres. Nada más lejos de la realidad. Entre bastidores, han ocurrido algunos casos episódicos repletos de drama y horror. Y lo peor de todo, siguen ocurriendo. El deporte, en general, es escenario de la competición, el espectáculo y el bienestar físico. Sin embargo, en la trastienda han sucedido hechos sórdidos y espeluznantes. Sin más dilación, para abordar esta historia, hay que remontarse al Mundial de Estados Unidos en 1994, concretamente, al partido de la primera fase entre Colombia y Estados Unidos.

A fin de situarnos, Colombia fue encuadrada en el Grupo A junto a Rumanía, Suiza y la anfitriona Estados Unidos. Los Cafeteros perdieron el partido inicial ante el combinado rumano. En la segunda jornada, los colombianos se medían ante la selección de Estados Unidos en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles. Necesitaban una victoria o, de lo contrario, quedarían eliminadas de un Campeonato del Mundo que contaba con estrellas como Carlos Valderrama, Adolfo Valencia y Francisco Maturana en el banquillo.

En el minuto 35 del encuentro, el defensa colombiano Andrés Escobar fue a despejar un balón raso, con tan mala fortuna que encajaría un gol en propia puerta. Colombia perdería aquel nefasto encuentro por 2-1 con goles del estadounidense Stewart y de Valencia por parte del seleccionado tricolor, quedando eliminada del Mundial. Nada haría presagiar que, escasos diez días después de dicho partido, el drama se cebara sobre el zaguero colombiano.

Era la época en la que el crimen organizado y la violencia generalizada asolaban Medellín, tan sólo un año después de la muerte del famoso narcotraficante Pablo Escobar, con quien curiosamente compartía apellido. Los sicarios, maleantes y asesinos habían convertido Colombia en el campo de batalla de la sangrienta guerra del narcotráfico. Apenas diez días después, Andrés Escobar, aún apesadumbrado por el autogol que supuso la eliminación del Mundial para su país, se relajaba en una discoteca junto a unos amigos. Al salir, varios individuos le increparon e insultaron. De carácter sereno, Andrés Escobar no caería en esas provocaciones y, mientras éste se dirigía a su coche, dichos sujetos le descerrajaron seis tiros. Tenía 27 años.

Al parecer, el malogrado jugador había causado cuantiosas pérdidas económicas por apuestas deportivas a los narcotraficantes más peligrosos de Colombia tras el gol en propia puerta que encajó. Otras versiones apuntan que su muerte fue debida al tumultuoso ambiente que se respiraba en la ciudad de Medellín, de modo que la eliminación del Mundial no fue el desencadenante de tan dramático suceso. Andrés Escobar era un jugador tranquilo, tanto en el terreno de juego, como fuera de este. Esta muerte absurda, fruto de la barbarie y el fanatismo, conmocionó Colombia y al mundo entero.

23 de noviembre de 2014

El Mercedes de Helmuth Duckadam


Uno de los episodios más gloriosos de la historia del fútbol de Europa del Este fue, sin duda, la consecución de la Copa de Europa de 1986 por parte del Steaua de Bucarest. El conjunto rumano viajó a Sevilla con la intención de asaltar Europa. Al frente se encontraba nada menos que el Fútbol Club Barcelona de Schuster y Pichi Alonso que había logrado anotar un hat-trick, consiguiendo una onírica remontada ante el Göteborg sueco.

El Steaua realmente lo tenía muy cuesta arriba ante un Barcelona que había hecho del Sánchez-Pizjuán su propio feudo, al que se habían desplazado una cantidad ingente de aficionados barcelonistas. El conjunto rumano, prácticamente desconocido, se dedicó en la mañana previa al encuentro a pasear por la ciudad hispalense, a sabiendas de lo poco que se jugaban y disipando todo atisbo de presión mediática sobre el equipo. Los catalanes jugaban con dicha presión en su campo: tenían la oportunidad de conseguir su primera Orejona ante un equipo, a priori, menor y dentro de sus fronteras.

Acabó la prórroga y así lo indicaba el marcador: empate sin goles que tendría que desempatarse desde los once metros. Ahí aparecería el improvisado héroe de la noche. El mítico portero Helmuth Duckadam pararía cuatro penaltis al Barça, en concreto, los lanzamientos de Alexanco, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos. Los barcelonistas, abatidos y cabizbajos, se quedarían nuevamente a las puertas de conseguir la Copa de Europa, al igual que sucediese en 1961 ante el Benfica. En contraposición, los jugadores del Steaua de Bucarest, extasiados por la felicidad de haber logrado lo imposible, volvieron a Rumanía para celebrarlo. Sin embargo, hubo un jugador que no lo pasaría del todo bien a su vuelta a casa.

Al parecer, el presidente del Real Madrid por entonces, Ramón Mendoza, le regaló al portero Helmuth Duckadam un Mercedes con motivo de agradecimiento por haberle parado cuatro penaltis al eterno rival. Se dice que, cuando el héroe de Sevilla llegó a Rumanía, le tocó lidiar con las tenebrosas garras del dictador rumano Nicolae Ceaucescu. El hijo del dictador, Valentín Ceaucescu, se enamoró del Mercedes de Duckadam y forzó al portero para que se lo regalase. Ante la negativa del guardameta, el régimen comunista dictatorial rumano entró en acción, lo que implicó unas consecuencias deplorables.

Helmuth Duckadam fue torturado. La Securitate, o sea, la policía del régimen, no tardó en entrar en escena de forma completamente deshumanizada y se encargaron de romperle los dedos a Duckadam. Y lo hicieron uno a uno. Mermaron la carrera deportiva de un gran profesional con tan sólo 26 años. Lo cierto es que el guardameta siempre ha negado la verosimilitud de dicha historia, aunque el hecho de no volver a enfundarse más los colores del Steaua de Bucarest es bastante significativo. Volvería a vestirse de corto en 1989 en las filas del modesto Vagonul Arad, curiosamente, el mismo año en que el dictador rumano Ceaucescu fue fusilado públicamente junto a su esposa. Esta es la historia de Helmuth Duckadam, el hombre que fue héroe de un país por una noche y víctima del egoísmo y la ignorancia para siempre.


Fuente: Ignasi Oliva Gispert (22/10/2013). Duckadam y el gol de Ceaucescu. Web IlCatenaccio.es

21 de noviembre de 2014

Cuando Messi estuvo a punto de fichar por el Cádiz


Pese a todo lo que se pueda decir, nada parece hacer salir a Messi del Fútbol Club Barcelona. Considerado por muchos el mejor jugador de todos los tiempos, el astro argentino ha manifestado su deseo de seguir ligado al conjunto azulgrana durante mucho tiempo, quizás, hasta el final de su carrera deportiva. No obstante, hubo un día en el que el destino de Leo Messi pudo cambiar drásticamente, algo que hubiera dificultado con creces todos los logros recientes del Barcelona.

Corría el verano de 2005 y Messi tenía 18 años recién cumplidos. Era un jugador realmente prometedor, aún con poca experiencia y a la sombra de Ronaldinho y Eto'o en el Barça de Frank Rijkaard. El por entonces joven jugador argentino aún no había asumido los galones en un equipo que tocaría el cielo la temporada siguiente. Sin embargo, el técnico holandés, consciente de la calidad atesorada por Messi, había manifestado el deseo de contar con él.

Paralelamente, el Cádiz acababa de ascender a Primera División ese año y habían intentado conseguir una cesión de Messi, a la que el Fútbol Club Barcelona se negó categóricamente. Además, la desorbitada cantidad de la ficha de la Pulga frenó aún más la cesión al conjunto gaditano. El Barça tenía cubierta las tres plazas de jugadores extracomunitarios, así que se esbozaba una coyuntura jurídica desfavorable que impedía que Messi pudiera jugar en el equipo azulgrana. Sin embargo, Messi poseía un documento especial otorgado por la Federación que permitía a los jugadores extranjeros que llevasen bastante tiempo en España jugar de forma temporal.

Muchos dudaban de la validez legal de dicho documento e incluso se llegó a temer que los rivales impugnasen los partidos en los que Messi jugara. Dadas estas circunstancias, el Barcelona movió ficha. En septiembre de 2005, Messi juró la Constitución y se hizo con la nacionalidad española, dando por zanjado este espinoso asunto. El crack de Rosario empezó a aparecer en algunas alineaciones de Rijkaard, aunque no era de momento muy habitual en ellas. Si Messi finalmente hubiese fichado por el Cádiz, lo cierto es que la historia reciente del fútbol hubiese sido diametralmente distinta.

Fuente: V. R. A. (11/8/2014). El día que Messi pudo ir al Cádiz y Cristiano fichar por el Valencia. Diario ABC.