24 de julio de 2026

¿Cuándo empezaron los campeones del mundo a lucir estrellas sobre el escudo?


La victoria de España en el Mundial ha convertido la camiseta con las dos estrellas en uno de los objetos más deseados del momento. No ha sido la única, pues la Roja es una de las ocho selecciones que portan este distintivo tan especial en su elástica. Sin embargo, estas insignias no se han incluido en todas las ediciones de la Copa del Mundo. 

Hubo que esperar al Mundial de Alemania en 1974 para ver por primera vez a un país llevar las estrellas en el pecho. Lo hizo Brasil, con tres, tras ganar su tercer torneo cuatro años antes en México. La siguiente selección en seguir la moda de la canarinha fue Italia en el Campeonato del Mundo de 1986, vigente campeona por entonces, que había conquistado el tercer entorchado de su historia en España '82 y lo celebró incluyendo los tres galones junto a la bandera transalpina. 

Parecía que vestir las estrellas era un reconocimiento exclusivo para los tricampeones, dado que, doce años después, en Francia '98, sería Alemania quien se sumó a esta tendencia, al portar los tres símbolos acreditativos por haber conseguido su tercer título en 1990. La selección francesa lució la estrella en 2002 después de ganarla cuatro años antes, Italia no las añadió a su escudo en los Mundiales anteriores, mientras que Uruguay mostraba cuatro.

Pero, a partir de la Copa del Mundo de 2006, se unificó el criterio y los países mencionados, además de Inglaterra y Argentina, también pasaron a exhibir uno y dos de estos símbolos, respectivamente. Desde entonces, España ha estrenado la primera en 2010, Alemania inauguró la cuarta en 2014, Francia hizo lo propio con la segunda en 2018, la albiceleste alumbró la tercera en 2022 y, el pasado domingo, la Roja bordó otra más al lado de la que logró en 2010.

No obstante, Uruguay protagoniza el caso más llamativo. Con dos Copas del Mundo en su haber, levantadas en 1930 y 1950, el combinado charrúa lleva cuatro estrellas, porque consideran títulos mundiales las dos medallas de oro obtenidas en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, disputados justo antes de la primera edición del gran campeonato de selecciones.

22 de julio de 2026

Cuando fuimos felices


El pitido final en el estadio MetLife destapó sensaciones que creíamos olvidadas. Volver a hacer historia no era para menos. España gana su segundo Mundial de forma tan brillante como esa nueva estrella que ya luce nuestro escudo para toda la eternidad. Mientras que quienes lo vivimos en 2010 recordamos con vaga nostalgia aquel gol de Andrés Iniesta en Johannesburgo, las nuevas generaciones se lanzan a la calle para festejar el ya histórico tanto de Ferrán Torres en Nueva Jersey y sentir en carne propia una felicidad que el destino nos había escamoteado durante 16 años. Tanto es así que hasta Donald Trump quiso sumarse a la fiesta.

Estaba escrito. La concatenación de casualidades se iban añadiendo a una larga lista mientras dejábamos rivales por el camino: comenzamos sin ganar el primer partido, eliminamos a Portugal en octavos y terminamos levantando la Copa del Mundo tras un 1-0 en la prórroga con el gol de un jugador del FC Barcelona. No fue fácil en absoluto. Los engranajes de los marcapasos estallaban conforme la prórroga enfilaba hacia el final y la siempre temida tanda de penaltis acechaba por el horizonte. Era esa la forma más injusta de terminar un partido que España mereció de principio a fin. Pero el Dios del Fútbol bajó del cielo y nos concedió esa suerte que tantas veces nos arrebató en forma de paradas milagrosas y fallos de Argentina, para prolongar una agonía a la que también contribuyó el discutible criterio del árbitro esloveno.

España ganó dentro y fuera del campo. El juego de la Roja y la elegancia de todos los hombres de Luis de la Fuente contrastaron con el estilo marrullero y la inexistente clase de un combinado albiceleste al que, sin duda, le quedaba grande esa camiseta sudada de historia. Y, en una escena postcréditos que nadie vio venir, el guion de la final nos regaló el abrazo entre Leo Messi y Lamine Yamal como epílogo de una época y el comienzo de una era con sabor español.

La selección vuelve a unirnos. Que el fútbol sea un deporte colectivo es el símbolo perfecto de que la unión hace la fuerza. «Juntos somos más fuertes», que dice Luis de la Fuente. Quizá sea esa la magia de este juego: ser el único deporte realmente universal, capaz de unir bandos irreconciliables, abrazar a propios y extraños, reconciliar familias separadas y convertirse en el auténtico pegamento social. Porque el fútbol hace posible lo imposible. Tocar el claxon aunque no haya atasco, gritarle un ¡Vamos! a un desconocido por la calle con quien sólo te une la euforia del momento o ver con una sonrisa a quien más lo necesita demuestra que este deporte, si no existiera, tendría que ser inventado.

España nació estrellada, pero esta fantástica generación ha rubricado con letras doradas la tan anhelada segunda estrella. La gesta de Sudáfrica parecía irrepetible, como si el período mágico comprendido entre 2008 y 2012 fuera una anomalía histórica, y volvieron los octavos, los palos e incluso la autocomplacencia. Pasaron los años años y, tras naufragar en ese mar de decepciones que era el territorio habitual de los nuestros, la selección española ha regresado por todo lo alto a la senda ganadora, proclamándose, con esta victoria, vencedora de cinco de los últimos diez grandes torneos que ha disputado. Ahí es poco. Nuestro momento se hacía de rogar, pero sobró con un instante para que los problemas quedasen relegados a un segundo e irrelevante plano, la bandera dejara de ser un arma arrojadiza y el ruido fuera silenciado por el clamor de la victoria. No ha habido ideologías, etiquetas ni manifiestos. Han tenido que recordárnoslo una veintena de chavales a quienes muchos ni les ponían cara hasta hace poco. No ha sido tan difícil después de todo. Hasta que la vida nos devuelva de golpe y porrazo a la realidad y recordemos que una vez, aunque sólo fuera durante el lapso que dura una victoria, fuimos felices.

19 de julio de 2026

La final de todos los tiempos

Hace tiempo que no me leen por aquí. Pero hoy, 19 de julio de 2026, la ocasión lo merece. Recuerdo cómo comencé la primera entrada de este blog, allá por julio de 2010: Era algo obligado. Y así fue. Hoy, dieciséis años después del Mundial logrado por España en Sudáfrica con el indeleble gol de Andrés Iniesta, recupero esa frase con el mismo espíritu de aquellas lejanas primeras líneas.

España y Argentina se verán las caras en Nueva York por el título de campeón del mundo. Es, para muchos, la final soñada, la anhelada finalissima que el destino nos reservó y que dos colosos del fútbol mundial protagonizarán en un escenario de ensueño. Todas las miradas del planeta estarán puestas en la capital del mundo para presenciar el choque entre dos escuelas diferentes de concebir el deporte más universal del mundo, el duelo entre el talento individual frente a la calidad coral y el colofón a una retahíla de serendipias y paralelismos con el Mundial de 2010 que servirá de epílogo a una fotografía de hace casi veinte años que no hubiera firmado ni el mejor guionista de Hollywood.

No será un partido fácil. La selección albiceleste, actual campeona del mundo y última vencedora de las dos últimas ediciones de la Copa América, se lo pondrá muy difícil a una España, también ganadora continental, que llega a la final tras haber ido de menos a más en un torneo donde comenzó con dudas ante Cabo Verde y encarriló una serie de victorias que terminaron anulando por completo a una Francia que, con Mbappé, Dembelé, Olise y Doué, se estaba consagrando como el mejor equipo del Mundial. Por su parte, Argentina encara su séptima final después de haber dejado por el camino de forma agónica y heroica a Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra, con garra, corazón y con la calidad de un jugador eterno como Leo Messi.

La clave para que los hombres de Luis de la Fuente levanten esta noche al cielo de Nueva York la segunda Copa del Mundo de España pasa por defender con el balón, practicar el fútbol que los ha llevado hasta aquí, no caer en la ansiedad que un partido de estas características puede generar y, por supuesto, intentar detener al astro argentino.

El destino ha dictado que Lamine Yamal y Leo Messi, presente y futuro, se vean por primera vez las caras en el partido de todos los tiempos. Con independencia de quien gane esta noche en el estadio MetLife, ya hay un claro vencedor: todos los amantes de este maravilloso deporte. Recordaremos para la posteridad este encuentro, el mayor acontecimiento deportivo jamás concebido, con toda la liturgia inherente a una final. Del mismo modo que en 2010, nunca olvidaremos con quién lo vimos, las sensaciones previas y, ojalá, con la misma felicidad que hace dieciséis años en Johannesburgo.

¡Vamos, España! ¡A por la segunda estrella!

25 de marzo de 2022

¡Nos mudamos a www.joseangelrios.com!


A partir de ahora, el contenido al que os tenía acostumbrado tanto en Mis peloteros favoritos como en La poca razón, se traslada a mi nueva página web: www.joseangelrios.com (en la sección Blog), con el fin de centralizar y darle un toque más profesional a mi trabajo.

Allí también podréis comprar mis libros publicados, seguir mi actividad en medios de comunicación, podcasts, eventos a los que asistiré, conocer mis nuevos proyectos literarios y muchas sorpresas que irán viniendo próximamente.

Muchas gracias por todo. Nos seguimos leyendo.