30 de junio de 2017

El récord de Dejan Stankovic


Si hay un jugador que nos evoca irremisiblemente a la época dorada del Inter de Milán, ese es Dejan Stankovic. El portentoso centrocampista balcánico desarrolló la mayor parte de su carrera deportiva en las filas del equipo neroazurro, donde conquistó cuatro Ligas Italianas, dos Copas de Italia, tres Supercopas de Italia y una Copa de Europa. No obstante, más allá de sus nada desdeñables logros, hay que sumarle un récord personal al alcance de muy pocos jugadores en la historia del deporte rey.

Procedente del Estrella Roja de la extinta república de Yugoslavia, Dejan Stankovic recaló en el Lazio de la Serie A italiana en 1998, club cuya camiseta vestiría seis años. Aquel verano de 1998, con tan sólo veinte años, Deki disputaría el Mundial de Francia defendiendo los colores de Yugoslavia. Los tricolores pasarían a los octavos de final del certamen tras ganar a Irán por 1-0, empatar 2-2 con Alemania y ganar por la mínima a Estados Unidos. El joven volante fue alineado en dichos encuentros, aunque Yugoslavia quedaría eliminada en octavos de final ante Holanda.

La tensión religiosa y étnica que asolaba el país en el marco de los grandes problemas políticos, sociales y económicos latentes desde 1991 condujeron a abrir un nuevo capítulo en la Guerra de los Balcanes. Como consecuencia, en 2001 Yugoslavia continuó desmembrándose en repúblicas independientes. A efectos deportivos, la selección de Yugoslavia se convirtió oficialmente en Serbia y Montenegro y Dejan Stankovic, nacido en Belgrado, pasó a jugar en dicho combinado. Con los serbios, el ya jugador del Inter de Milán disputaría el Mundial de Alemania en 2006, donde la actuación de Serbia y Montenegro fue meramente anecdótica. Cosecharían cero puntos, con dos goles a favor y diez en contra, al perder contra Costa de Marfil, Argentina y Holanda.

Sin embargo, las transformaciones políticas no habían llegado a su fin y, tras un referéndum, los ciudadanos de Montenegro decidieron independizarse de Serbia en 2010. Aquel año, Dejan Stankovic disputaría el Mundial de Sudáfrica con su tercera selección distinta: la recién bautizada Serbia. En tierras africanas, el combinado serbio no pudo mejorar el papel protagonizado en el Campeonato del Mundo anterior y, tras una increíble victoria ante Alemania por 1-0, las Águilas Blancas, cayeron derrotadas ante Ghana y Australia, lo que la dejó a las puertas de los octavos de final, una hazaña que no podría lograr ni con tres selecciones diferentes.

Fuente: Carlos Torregrosa (26/6/2017). El único futbolista que jugó tres Mundial ¡con tres selecciones diferentes! Página BeSoccer.

5 de junio de 2017

Victoria en blanco y negro


El Real Madrid se ha proclamado vencedor de la Copa de Europa por duodécima vez en su historia. Y lo ha conseguido por ser el mejor. No hay vuelta de hoja. Desde mi desacomplejado sentimiento barcelonista, no tengo más que rendirme ante el campeón. Los de Zidane han firmado una excelente temporada en la que supieron convertir los tropiezos del Barcelona en oportunidades para cantar el alirón y luego la Champions. Así pues, desde la deportividad y la visión objetiva del juego, no queda otra que dar la enhorabuena y aprender del rival para ejercer una autocrítica productiva.

La diferencia fundamental entre ambas plantillas estriba en la cantidad de jugadores disponibles. El Real Madrid ha contado prácticamente con dos once titulares en los que los Marco Asencio, Isco, Morata y Lucas Vázquez, en un estado de forma envidiable, se han alternado en la delantera con Cristiano Ronaldo, Bale y Benzema, titulares habituales. Sí bien es cierto que el portugués ha perdido velocidad en corto y desborde, aunque todo ello lo ha compensado con ser el máximo goleador del certamen por quinto año en su dilatada carrera.

Precisamente por ello, Zinedine Zidane ha contado con un número de futbolistas a sus órdenes que le permitía dar descanso y rotar de un modo que ha resultado decisivo para lograr la gesta. Y con los suplentes se pudo conseguir el título de Liga, mientras se le daba descanso a los titulares con la vista puesta en la final de Cardiff. Dicha circunstancia le ha permitido a jugadores que no pasaban por su mejor momento como Benzema llegar a un nivel físico más que aceptable para rubricar un broche de oro de la temporada en tierras galesas.

Centrocampistas como James y Casemiro —con golazo en la final incluido—; y jóvenes veteranos como Nacho y Carvajal, acompañados de un Sergio Ramos en su mejor momento, han dejado patente un aforismo muy arraigado en fútbol: Los buenos equipos se hacen desde atrás. Y desde allí, partiendo como un carrilero más, Marcelo que podría desempeñarse como delantero centro si así lo exigieran las necesidades del guión y un excelso Keylor Navas que ha hecho olvidar a Íker Casillas.

Dicen que en fútbol la suerte juega el cincuenta por ciento del partido, pero ganar dos Champions consecutivas no es una cuestión de suerte. Todo ello es fruto de una buena gestión deportiva y de contar con jugadores cuyo nivel técnico no diste mucho entre sí. Ese es uno de los problemas del Barcelona que, por buenos futbolistas que tenga a su disposición, siempre estarán muy por debajo de Leo Messi. He ahí uno de los escollos que tendrá que superar Ernesto Valverde en su nueva andadura barcelonista, beneplácito de la directiva inclusive: contar con fondo de armario que pueda rotar adecuadamente con Messi, Suárez y Neymar

Y dado que la suerte parece jugar un papel nada desdeñable en este maravilloso deporte, la mala suerte se cernió sobre la Juventus, con la séptima final perdida en su historia. Los italianos protagonizaron una segunda parte paupérrima que no fue ni el reflejo de la primera. Ni siquiera la presencia de un mito del fútbol galés como Ian Rush, emblema de la Vecchia Signora, permitió a los de Allegri saldar sus cuentas pendientes con la historia. Zidane recordaría aquella noche de 1998 en Ámsterdam cuando, enfundado como estrella del cuadro piamontés, lloró. Esta noche también lloraría. Es curioso cómo sentimientos contrapuestos pueden desembocar en la misma emoción.

Fuente: Joan Mª Batlle (5/6/2017) Cosas que hay que aprender del Madrid. Diario Sport.

27 de abril de 2017

Lírica Pachanguera: El futuro es nuestro


El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes. Así reza un aforismo que, por extendido, no deja de ser cierto. Un elemento carente de importancia para algunos y, para otros, la piedra angular del cimiento de sus vidas. Por suerte, nosotros pertenecemos al segundo grupo. O de lo contrario, no hubiéramos convertido en placentera la rutina de ataviarnos con nuestras mejores galas futbolísticas —curtidas en mil batallas, con remiendos a modo de cicatrices de guerra—, bombardear a mensajes el grupo de WhatsApp, coger los bártulos y emprender el camino a Los Salesianos con la indiscutible puntualidad británica que nos caracteriza.

Al llegar, los más jóvenes, cantera en potencia de Triana, nos darían la bienvenida apoderándose de las pistas, circunstancia que nos dejaría entrever que el inexorable relevo generacional nos acecha, como si de un ojeador deportivo se tratara. Prueba fehaciente de que la juventud nos ha concedido una prórroga para ganar el partido por goleada. Un cielo encapotado se elevaría como telón de fondo, para abrirse y vislumbrar un resplandeciente y primaveral sol. Allí me recibiría un Jorge Colmena enfundado de su ya mítica elástica culé de Iván Rakitic que postula a quitarle el puesto a las de Adriano del Inter y Reyes del Arsenal, camisetas que los más veteranos del lugar recordaremos abrumados por la nostalgia. 

Y entre balonazos, pataditas y caños, comenzaría un partido al que aún le quedaba un escollo por superar: la llegada de Jesús Sánchez y Johnny. No obstante, dicha eventualidad no nos impediría jugar un partido inicial de cuatro contra cuatro, donde la imposibilidad de disparar fuera del área sería concebida más como un reto que como un hándicap. Dispuestos a no derrochar energía y con un ritmo pausado, comenzaría a rodar el cuero, ante la atenta mirada de aquellos joviales niños que harían de improvisados recogepelotas.

No podría acudir nuestro amigo Ismael Macías por lesión, a quien deseamos de todo corazón que se mejore lo antes posible, pero sí Fran Díaz, cancerbero habitual de Los Salesianos, quien se mostraría intratable bajo los tres palos, pararía lo imparable y haría de soporte psicológico al equipo con su ya habitual Venga, chicos, muy bien. Un dandy de la pelota que, como de costumbre, firmó un gran partido fue Rubén Mateos, con una incombustible zurda de oro que encontraría destinatario en el fondo de las mallas —golazo de vaselina incluido—, y que Fran Díaz no pondría nada fácil. Igual que Pablito Burn, que mostró una gran movilidad en el centro del campo, desplegando un fútbol creativo, combinativo, resolutivo y alegre. Sin duda, de los mejores jugadores del encuentro.

El ritmo del partido sería trepidante por momentos y más pausado por otros. Se efectuarían algunos traspasos para compensar el nivel de ambas escuadras. A quien mejor le sentaría el cambio de aires sería a Jorge Colmena, al anotar un auténtico golazo, dejando prácticamente atrás a todo el equipo y rubricar la faena con un Haz tú eso, morsi; Po pilla por la orilla o ¿Quién es el mejor? O creo que dijo todas esas frases a la vez, telegrafiando una calidad de dimensiones paquidérmicas. Y un hermano como Fernando Cornello protagonizaría jugadas de peligro por la banda, con algún que otro quiebro e inteligentes desmarques. Estamos seguros de que las mejores jugadas están por llegar.

Isra Guerrero, a quien el destino lo situaría en ambos equipos, dejaría buenas muestras de su calidad —camiseta del Bayern personalizada incluida— y jugaría un partido muy solidario, tanto en defensa como en ataque que causarían estragos en la defensa rival. Al igual que Johnny, a quien la demora y las pocas plazas de aparcamiento no le mermarían sus buenos recursos técnicos y bicicletas más efectivas que las del Tour de Francia. Su acompañante, Jesús Sánchez, volvería a demostrar el fantástico nivel que atesora, con goles de bella estampa, maradonianas jugadas, elegantes filigranas y milimétricos pases. Ángel Romo arrastraría algunas molestias que lo apartarían temporalmente del terreno de juego, aunque después se resarciría de ellas para ingresar en él y otorgar el tanto de la victoria. Y por último, yo con mi clásica camiseta de mi pelotero favorito, Thierry Henry, exhibiendo orgulloso mis colores y con una confianza en auge directamente proporcional a la diversión derrochada.

El paso del tiempo jamás se muestra indulgente con sus súbditos. Hace casi diez años que la Movida Alternativa redactó el epílogo de su historia, pero la esencia de Los Salesianos sigue intacta. Aquellas paredes encierran, además de muchos balonazos, buena parte de nuestra historia. Los puestos de perritos calientes para saciar el apetito de aquellos adolescentes que combatían el acné con grandes dosis de adrenalina, los estridentes anoraks de los equipos más punteros que se podían canjear por los puntos ganados por los más trasnochadores, los futbolines desconchados que reproducían a pequeña escala nuestra puntería y la envolvente música que sacudía unos muros que se levantaban donde hoy se encuentra la pista de pádel, son ya historia. Una historia que fue la función que nosotros representamos, la misma que hoy nos extiende sus brazos para contársela a los más jóvenes y que la seguimos escribiendo semana a semana.

Miércoles, 26 de abril de 2017.

9 de marzo de 2017

Visca el Barça y viva el fútbol


El fútbol nos enseña lecciones aplicables a la vida. La posibilidad de cumplir los sueños, incluso por muy lejanos y etéreos resulten, es una de ellas. Quizá sea ése el principal motivo por el que el deporte rey despierte pasiones tan arraigadas que ni el más desapacible vendaval parece que pueda desbrozar. Al igual que ocurre en el género novelístico o cinematográfico, la mera posibilidad de que el protagonista, aunque inmerso en las más insuperables adversidades, pueda sobreponerse, superando todos los obstáculos que se imponen entre el sentido común y el romanticismo, nos hace recobrar la confianza en el ser humano. Y tal vez, en la vida.

Así llegó el FC Barcelona a la vuelta de la eliminatoria de octavos de final ante el opulento París Saint-Germain, como en el ocaso de la vida, con poco que perder y mucho que ganar. El doloroso 4-0 cosechado en la ida por los de Unai Emery convertía las pocas posibilidades de los azulgrana en milagro que rozaba la sicodelia. Y como harían en sendas ocasiones anteriores, como ante el Chelsea en 2000 o, más recientemente, ante el AC Milán en 2013, el FC Barcelona demostró que en fútbol no existen los imposibles, tan sólo existe la épica.

Miguel de Cervantes hablaba en su archiconocida obra El Quijote, acerca de la sublimación del dolor como paso previo ineludible para alcanzar la felicidad. Un sentimiento que, partiendo desde la dificultad o unas remotas posibilidades para alcanzar los objetivos programados, inocula a su portador ingentes toneladas de euforia, satisfacción y locura. Algo así pensaría Luis Enrique al plantear el partido de vuelta ante el cuadro parisino. Con un 3-4-3 reservado para las grandes citas, el técnico asturiano salía con un once formado por Ter Stegen; Piqué, Umtiti, Mascherano; Busquets, Iniesta, Rakitic, Messi; Luis Suárez, Rafinha y Neymar. Sin laterales y sólo ante el peligro, con el astro argentino como organizador desde segunda línea y con toda la carne puesta en el asador, esos eran los nombres que quedarían grabados en oro

Lo de anoche sólo puede recibir un nombre: gesta —o hazaña, proeza, heroicidad y sinónimos de la misma índole que encierran el mismo concepto—. Una nit mágica que quedará grabada de forma indeleble en los 117 años de historia del Fútbol Club Barcelona, un partido a la altura de las cinco Copas de Europa, de los dos 5-0 al Real Madrid, los tripletes y el sextete. El gol de Sergi Roberto quedará inmortalizado al igual que el tanto de Iniesta al Chelsea, el sexto de Piqué en el Bernabéu o el de Pedro en la final del Mundialito de Clubes en 2009.

La inexistencia de laterales defensivos dejaba los flancos izquierdo y derecho a merced de las internadas por banda del París Saint-Germain, algo que Emery no solventaría hasta la segunda parte, cuando las internadas de Draxler y Moura fueron más incisivas. Porque en muchas ocasiones, en esto del fútbol, a veces la mejor defensa es un buen ataque. El rombo formado en la medular con Messi en el vértice del diamante haría de transición con la delantera y delegaría las labores creativas a Iniesta y Rakitic. Sergio Busquets, después sustituido por el héroe de la noche, Sergi Roberto, tendría la labor de recuperar balones y oxigenar el centro del campo. El ritmo trepidante desde el primer minuto de juego desembocaría en el temprano gol de Luis Suárez. Un estratosférico Neymar por la banda aportó la fantasía necesaria, desarbolando la zaga parisina, para soñar con el anhelado pase a cuartos de final.

El partido de anoche, además de ser contado de generación a generación, nos enseñó muchas cosas, por ejemplo, que creer en los sueños constituye el primer paso para cumplirlos. Anoche el Barça, en un encuentro mítico e inenarrable, ganó. Y ganó porque creyó en ganar desde mucho antes de que la pelota comenzara a rodar por el gramado del Camp Nou. La presión ejecutada por los culés mermó física y mentalmente a Les Parisiens quienes se desvanecían por cada gol encajado. Y como nadie dijo que el camino al Olimpo fuera fácil, el gol de Cavani añadiría más dosis de dramatismo, si cabe, a la eliminatoria. El resto, ya lo saben. Tres goles en menos de diez minutos, un PSG desvalido reptando por el césped a quienes cada gol le asestaban desazonadoras puñaladas como si una tragedia griega protagonizaran, un Unai Emery fulminado con el semblante cariacontecido, un excelso Sergi Roberto que cumplió la mayoría de edad en el partido de su vida y el futuro azulgrana más lejos de esa nebulosa lejana en la que estaba incrustado no hace ni una semana.

Porque la historia se escribe día a día. En 57 eliminatorias anteriores, ningún club jamás osó remontar un partido de vuelta con un marcador tan adverso. Una estadística que se rompía en añicos al unísono de cada uno de los seis goles marcados y que encontraría su punto álgido en el ya legendario gol de Sergi Roberto. A grandes encuentros de la historia del fútbol como la semifinal entre Francia y Alemania del Mundial 1982, la dramática final de la Champions League entre el Manchester United y el Bayern de Múnich en 1999 precisamente en el Camp Nou y otras más recientes como la remontada del Sevilla ante el Valencia en 2014 con aquel gol de Mbia, hay que sumarle un encuentro a la altura de otros con cuyas historias muchos hemos crecido como el 12-1 de España a Malta de 1983. Y es que si el fútbol vale la pena, pese a todo el sufrimiento inherente a él, es por momentos como estos.