5 de junio de 2017

Victoria en blanco y negro


El Real Madrid se ha proclamado vencedor de la Copa de Europa por duodécima vez en su historia. Y lo ha conseguido por ser el mejor. No hay vuelta de hoja. Desde mi desacomplejado sentimiento barcelonista, no tengo más que rendirme ante el campeón. Los de Zidane han firmado una excelente temporada en la que supieron convertir los tropiezos del Barcelona en oportunidades para cantar el alirón y luego la Champions. Así pues, desde la deportividad y la visión objetiva del juego, no queda otra que dar la enhorabuena y aprender del rival para ejercer una autocrítica productiva.

La diferencia fundamental entre ambas plantillas estriba en la cantidad de jugadores disponibles. El Real Madrid ha contado prácticamente con dos once titulares en los que los Marco Asencio, Isco, Morata y Lucas Vázquez, en un estado de forma envidiable, se han alternado en la delantera con Cristiano Ronaldo, Bale y Benzema, titulares habituales. Sí bien es cierto que el portugués ha perdido velocidad en corto y desborde, aunque todo ello lo ha compensado con ser el máximo goleador del certamen por quinto año en su dilatada carrera.

Precisamente por ello, Zinedine Zidane ha contado con un número de futbolistas a sus órdenes que le permitía dar descanso y rotar de un modo que ha resultado decisivo para lograr la gesta. Y con los suplentes se pudo conseguir el título de Liga, mientras se le daba descanso a los titulares con la vista puesta en la final de Cardiff. Dicha circunstancia le ha permitido a jugadores que no pasaban por su mejor momento como Benzema llegar a un nivel físico más que aceptable para rubricar un broche de oro de la temporada en tierras galesas.

Centrocampistas como James y Casemiro —con golazo en la final incluido—; y jóvenes veteranos como Nacho y Carvajal, acompañados de un Sergio Ramos en su mejor momento, han dejado patente un aforismo muy arraigado en fútbol: Los buenos equipos se hacen desde atrás. Y desde allí, partiendo como un carrilero más, Marcelo que podría desempeñarse como delantero centro si así lo exigieran las necesidades del guión y un excelso Keylor Navas que ha hecho olvidar a Íker Casillas.

Dicen que en fútbol la suerte juega el cincuenta por ciento del partido, pero ganar dos Champions consecutivas no es una cuestión de suerte. Todo ello es fruto de una buena gestión deportiva y de contar con jugadores cuyo nivel técnico no diste mucho entre sí. Ese es uno de los problemas del Barcelona que, por buenos futbolistas que tenga a su disposición, siempre estarán muy por debajo de Leo Messi. He ahí uno de los escollos que tendrá que superar Ernesto Valverde en su nueva andadura barcelonista, beneplácito de la directiva inclusive: contar con fondo de armario que pueda rotar adecuadamente con Messi, Suárez y Neymar

Y dado que la suerte parece jugar un papel nada desdeñable en este maravilloso deporte, la mala suerte se cernió sobre la Juventus, con la séptima final perdida en su historia. Los italianos protagonizaron una segunda parte paupérrima que no fue ni el reflejo de la primera. Ni siquiera la presencia de un mito del fútbol galés como Ian Rush, emblema de la Vecchia Signora, permitió a los de Allegri saldar sus cuentas pendientes con la historia. Zidane recordaría aquella noche de 1998 en Ámsterdam cuando, enfundado como estrella del cuadro piamontés, lloró. Esta noche también lloraría. Es curioso cómo sentimientos contrapuestos pueden desembocar en la misma emoción.

Fuente: Joan Mª Batlle (5/6/2017) Cosas que hay que aprender del Madrid. Diario Sport.