24 de junio de 2021

Adiós al Ramón de Carranza


El estadio Ramón de Carranza pasará a llamarse estadio Nuevo Mirandilla a partir de la próxima temporada. Así lo ha afirmado Martín Vila, concejal de Memoria Democrática del Ayuntamiento de Cádiz, que termina el proceso que el Consistorio inició para el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica. El nuevo nombre es elegido con 1270 votos, y por encima de otros como Tacita de Plata, La Pepa o Ciudad de Cádiz.

Llegados a este punto, hay que preguntarse: ¿se hace apología del franquismo o se exaltan determinadas épocas históricas por el simple nombre de un estadio?

El sentido común y la política son como el agua y el aceite, rara vez van de la mano. Cuando nos referimos al estadio Ramón de Carranza por su nombre, nadie —o la inmensa mayoría de la población— intenta reivindicar el franquismo. El significado original del nombre ya había quedado diluido por el paso del tiempo. Es más, apuesto a que muchos se han enterado hoy de que Ramón de Carranza participó en la Guerra Civil o tuvo afinidades franquistas. 

Pongámonos en situación, que algún político lo agradecerá. Ramón de Carranza, padre (1863-1937) fue militar y político. Luchó en la Guerra de Cuba, fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando y elegido a Cortes en las elecciones de 1903 por el Partido Conservador. También fue senador entre 1910 y 1917, alcalde no electo de Cádiz durante la dictadura de Primo de Rivera y diputado en 1933 y 1936 por Renovación Española. Iniciada la Guerra Civil, apoyó al bando sublevado, lo que le hizo ser designado alcalde de Cádiz durante tres meses, hasta su muerte en septiembre de 1937.

La Ley de Memoria Histórica lo confunde con su hijo, que también se llamaba Ramón de Carranza (1898-1988). Militar de carrera, tuvo un papel más importante en la toma de Sevilla. Sería designado alcalde de Sevilla en 1936 por Queipo de Llano, presidente del Sevilla FC entre 1957 y 1961 —sustituyendo a Sánchez-Pizjuán, quien falleció el año anterior— y Procurador en Cortes con Franco.

O sea, dan lecciones de Memoria Histórica —o histérica, más bien— cuando no conocen ni la propia Historia. Ramón de Carranza, padre, vivió la mayor parte de su vida sin Franco —recordemos que nació en 1863, veintinueve años antes que el dictador— y murió un año después del estallido de la guerra, cuando el futuro régimen aún calentaba motores. Dicho sea de paso, durante su mandato se construyeron obras públicas importantes en Cádiz: la Plaza de Toros, el cine Municipal en la Plaza del Palillero, así como los hoteles Playa y Atlántico. Esta Ley pretende hacer una enmienda a la totalidad, relegando los setenta y cuatro años que vivió Ramón de Carranza a su último año franquista.

Los aficionados del Cádiz CF tienen derecho a cambiar el nombre del estadio si lo creen oportuno; pero de ahí a que el Ayuntamiento lo imponga por desvaríos ideológicos y revanchistas, hay un trecho. Afirmaban, en este sentido, cadistas y futboleros en Twitter que, para ellos, siempre será el Carranza. Es lo que ocurre cuando se hace política de arriba hacia abajo, sin tener en cuenta la opinión de los ciudadanos y movidos únicamente por una agenda sectaria y sesgada. De forma paralela, la realidad se impone y, gestos del primer mundo aparte, Cádiz sigue siendo la provincia con más paro de España.

Si aplicamos este criterio anacrónico, por el cual juzgamos hechos y personajes del pasado con el punto de vista del presente, el estadio Olímpico Lluis Companys debería ser renombrado inmediatamente. ¿No creen? Sigamos reescribiendo la historia, que a este paso la avenida Reyes Católicos pasará a ser del empoderamiento y la sororidad.

20 de junio de 2021

El fútbol vuelve a Sevilla, la ilusión no

La última vez que Sevilla acogió un encuentro de la fase final de un gran evento, estuvimos ante uno de los mejores partidos de la historia. Hace casi cuarenta años, pero aquella semifinal entre Francia y Alemania en el Mundial de 1982 sigue estando presente entre quienes la vieron una calurosa noche de julio en el Sánchez Pizjuán. Cuatro décadas y una pandemia después, el destino ha querido que Sevilla sea la sede de la selección española de la Eurocopa 2020, aplazada a 2021.

Cuando aquel dramático encuentro se disputó, el Olímpico de la Cartuja aún no estaba ni en la mente de sus arquitectos, al igual que el recinto donde se alberga. La isla de la Cartuja, que le da nombre al estadio, era un páramo desolado, adecentado un lustro después para las obras de la Expo '92. Pero no sólo la fisionomía urbana de Sevilla ha cambiado diametralmente. A la entonces Furia española le quedaba mucho tiempo para ser la Roja, eclosionar del letargo y saborear las mieles del éxito. Faltaban dos años para que naciera Andrés Iniesta, y Xavi Hernández e Iker Casillas aún manchaban pañales.

Quizás aquellas victorias del Mundial de 2010 y las Eurocopas de 2008 y 2012 nos malacostumbraron. España abandonó la eliminación periódica en cuartos de final —a veces, incluso antes— para superar unas rondas y levantar unos trofeos que sólo veíamos por televisión. Hoy mientras aquellos bebés ya peinan canas, nos toca volver a la triste y cruda realidad: aquella generación dorada fue una anomalía histórica, el paso fugaz del cometa Halley que tardaremos muchos años en volver a ver.

El secreto de aquella Roja, y quizá la clave de que la actual selección no termine de convencer, estaba en una confluencia de factores: un bloque unido y calcado al que cosechaba éxitos paralelos con el FC Barcelona, hambre de títulos que hoy parece saciada, un once definido con rotaciones justas y varios jugadores que coincidieron en su mejor edad practicando el mejor fútbol del mundo.

Anoche, España decepcionó en un partido donde Jordi Alba fue de los pocos que brillaron. La falta de puntería y la poca profundidad encontraron el blanco de las dianas en Álvaro Morata como chivo expiatorio. Luis Enrique cedió al clamor popular y colocó a Gerard Moreno en el once titular, compartiendo dupla con el atacante de la Juventus. Suyo fue el tanto en diferido que adelantó a la Roja —no me acostumbro a cantar los goles medio minuto después; el precio del progreso, supongo—, para resarcirse de las críticas tras el partido contra Suecia.

Poco duró la alegría. Los fantasmas del encuentro anterior volvieron tan pronto como Lewandowski empató para Polonia. Con el tanto del delantero del Bayern, la desilusión se instaló en las gradas y los sofás, sólo aliviada unos minutos después cuando el colegiado Daniele Orsato señaló el punto de penalti para los nuestros. En el fútbol, las emociones son efímeras. Se puede pasar de la decepción a la euforia para volver luego a ella, tan pronto como el balón decide irse afuera, zafarse de los guantes del portero o estrellarse en el palo. 

Eso ocurriría con el lanzamiento de Gerard Moreno desde los once metros. La apatía e inmadurez que transmite España, junto al poco peligro impreso en las ocasiones y un juego sin personalidad, nos sume en un sopor propio de otra época. Todo se decidirá el miércoles ante Eslovaquia, aunque las sensaciones entre la afición no son positivas. Dicen que en fútbol lo importante es cómo acaba todo. Ya ni siquiera jugamos como nunca, pero decepcionamos como siempre.