El pitido final en el estadio MetLife destapó sensaciones que creíamos olvidadas. Volver a hacer historia no era para menos. España gana su segundo Mundial de forma tan brillante como esa nueva estrella que ya luce nuestro escudo para toda la eternidad. Mientras que quienes lo vivimos en 2010 recordamos con vaga nostalgia aquel gol de Andrés Iniesta en Johannesburgo, las nuevas generaciones se lanzan a la calle para festejar el ya histórico tanto de Ferrán Torres en Nueva Jersey y sentir en carne propia una felicidad que el destino nos había escamoteado durante 16 años. Tanto es así que hasta Donald Trump quiso sumarse a la fiesta.
Estaba escrito. La concatenación de casualidades se iban añadiendo a una larga lista mientras dejábamos rivales por el camino: comenzamos sin ganar el primer partido, eliminamos a Portugal en octavos y terminamos levantando la Copa del Mundo tras un 1-0 en la prórroga con el gol de un jugador del FC Barcelona. No fue fácil en absoluto. Los engranajes de los marcapasos estallaban conforme la prórroga enfilaba hacia el final y la siempre temida tanda de penaltis acechaba por el horizonte. Era esa la forma más injusta de terminar un partido que España mereció de principio a fin. Pero el Dios del Fútbol bajó del cielo y nos concedió esa suerte que tantas veces nos arrebató en forma de paradas milagrosas y fallos de Argentina, para prolongar una agonía a la que también contribuyó el discutible criterio del árbitro esloveno.
España ganó dentro y fuera del campo. El juego de la Roja y la elegancia de todos los hombres de Luis de la Fuente contrastaron con el estilo marrullero y la inexistente clase de un combinado albiceleste al que, sin duda, le quedaba grande esa camiseta sudada de historia. Y, en una escena postcréditos que nadie vio venir, el guion de la final nos regaló el abrazo entre Leo Messi y Lamine Yamal como epílogo de una época y el comienzo de una era con sabor español.
La selección vuelve a unirnos. Que el fútbol sea un deporte colectivo es el símbolo perfecto de que la unión hace la fuerza. «Juntos somos más fuertes», que dice Luis de la Fuente. Quizá sea esa la magia de este juego: ser el único deporte realmente universal, capaz de unir bandos irreconciliables, abrazar a propios y extraños, reconciliar familias separadas y convertirse en el auténtico pegamento social. Porque el fútbol hace posible lo imposible. Tocar el claxon aunque no haya atasco, gritarle un ¡Vamos! a un desconocido por la calle con quien sólo te une la euforia del momento o ver con una sonrisa a quien más lo necesita demuestra que este deporte, si no existiera, tendría que ser inventado.
España nació estrellada, pero esta fantástica generación ha rubricado con letras doradas la tan anhelada segunda estrella. La gesta de Sudáfrica parecía irrepetible, como si el período mágico comprendido entre 2008 y 2012 fuera una anomalía histórica, y volvieron los octavos, los palos e incluso la autocomplacencia. Pasaron los años años y, tras naufragar en ese mar de decepciones que era el territorio habitual de los nuestros, la selección española ha regresado por todo lo alto a la senda ganadora, proclamándose, con esta victoria, vencedora de cinco de los últimos diez grandes torneos que ha disputado. Ahí es poco. Nuestro momento se hacía de rogar, pero sobró con un instante para que los problemas quedasen relegados a un segundo e irrelevante plano, la bandera dejara de ser un arma arrojadiza y el ruido fuera silenciado por el clamor de la victoria. No ha habido ideologías, etiquetas ni manifiestos. Han tenido que recordárnoslo una veintena de chavales a quienes muchos ni les ponían cara hasta hace poco. No ha sido tan difícil después de todo. Hasta que la vida nos devuelva de golpe y porrazo a la realidad y recordemos que una vez, aunque sólo fuera durante el lapso que dura una victoria, fuimos felices.

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