15 de abril de 2020

El fútbol ya no es lo que era


Hoy es el partido de tu equipo. No pondré cual para no herir sensibilidades. Te reúnes con tus amigos en el bar de toda la vida con varias cerveza en ristre. Y aún sin haber catado la espuma, te has tragado cinco anuncios de casas de apuestas. Una moda pasajera, te autoconvences con estupor. Aunque vais de visitantes y la primera equipación de tu equipo es diferente a la rival, jugáis con la segunda. O con la tercera: unos estampados imposibles con el swoosh o las tres bandas de marras, con espónsores hasta en las axilas y colores poco sanos para la retina ajena.

Ahora hay un hashtag para cada partido, tan efímero como pronto empiece el siguiente. En el timeline hay un debate guerracivilesco entre spammers influencers al que te entran ganas de unirte asestando blocks con tu dedo como mandoble. Lo del carrusel de ocho partidos a las cinco de la tarde —no digamos ya el partido en abierto—, el transistor en la mano, el paquete de pipas en la otra y el olor a cal a ras del césped corrieron la misma suerte que el Templo de Baalshamin.

Y de repente marca Timinho, el flamante fichaje invernal procedente de un país exótico que, por la módica cantidad de treinta millones de euros —ese Betis de Don Manué rompiendo el mercado por Denilson en 1998, qué tiempos...—, ha pasado a ser de tu equipo desde shiquetito. ¿Su logro? Le marcó un gol en el descuento al Bayern de Múnich en un amistoso de verano. El chaval, al que clase no le falta, a punto estuvo de quebrar el euro y reducir eso de la inflación a un juego de niños. Aquí no disfruta de muchos minutos, aunque deja un bonito surco en el banquillo, ideal para que sus compañeros titulares no pasen frío al apoyar sus posaderas. 

No obstante, en este partido sí estuvo atinado de cara a portería. Anotó y, embriagado por el fulgor del momento, corrió a celebrarlo al fondo norte, junto al foso. Allí un aficionado le obsequió con lo que parecía una bolsa de confeti y, ni corto ni perezoso, roció a todos los presentes. A aquella improvisada demostración de amor se le sumó una danza reguetonera finalizada con un abrazo en piña. Todo ello mientras unos señores chinos lo grababan todo con sus Huawei de último modelo. Sin flash, por supuesto, porque es de día. Ni que decir tiene que un Getafe - Leganés levanta pasiones en Miami, Pekín y Culiacán.

Acaba el partido. Hemos ganado por el bigote de una gamba y baja al terreno de juego la novia del susodicho, si puede ser, con los churumbeles también. Ella, a inundar de selfies, sonrisas postizas y una sobredosis de postureo hasta al banderín de córner. Él, con un brazo serigrafiado por una maqueta a escala real del Plan General de Ordenación Urbana, autovía de circunvalación incluida, se sabe el hacedor de tanta felicidad. Hasta que su cláusula de rescisión os separen. Lo suyo es propio de una historia de amor de las buenas, de esas que merecen un hilo en Twitter. Se conocieron por Instagram, los followers de ella y la foto de él en el reservado de la terraza de un tronista amigo suyo —con un Bentley Continental estratégicamente colocado al fondo— hicieron el resto. Y con diecinueve años la criatura.

Eso siempre y cuando haya equipos con afición, que esa es otra. Históricos como el Deportivo de la Coruña, Real Oviedo, Racing de Santander y Real Zaragoza deambulando por Segunda División, mientras otros —seguiré sin dar nombres, que a este paso convertiremos la ofensa en el nuevo deporte nacional— llenarían la tercera parte del estadio sólo con la presencia del utillero. Y el colofón: jugadores rubicundos con peinados mohicanos y camisas entalladas más allá de los límites de lo aconsejable relegando a discretas las Joma blanca de Alfonso.

De la tertulia pospartido tampoco nos libramos. Lejos queda el Gol a gol, el Minuto y resultado o el inclasificable El Larguero con José Ramón de la Morena. Programas que nos acercaban el lado humano del fútbol y nos endulzaban la jornada con las historias que contribuyeron a alzarlo al Olimpo del deporte, han quedado menoscabados por los Sálvame manufacturados donde el tema del día orbita en torno al nuevo peinado de Fulanito o al zasca de Menganito a Zutanito en Twitter.

Ahora los goles se cantan cuatro minutos después, hasta los recién ascendidos visten Nike y Adidas —camiseta de catálogo con el escudo pegado, sólo faltaba—, el físico ha sustituido a la técnica, la piel de los jugadores es cada vez más fina y el romanticismo de la nostalgia nos lleva a recordar con una sonrisa la hostia de Jesús Gil a Caneda. Nuestros ídolos de la infancia peinan canas o alguno incluso se ha apuntado a un reality show. Ya no queda nada de eso. El recuerdo lejano del ¡Gol en Las Gaunas! que te levantaba de un brinco del sofá, los chándales de táctel tres tallas más grande o el burofax el 31 de agosto minutos antes de la medianoche que ponía a prueba los resortes de los marcapasos, evidencian la crisis de valores que atraviesa el fútbol. Asumámoslo. Todo ello forma parte de un pasado no tan remoto que se fue para no volver. 

Llevas disimulándolo más tiempo del que te gustaría admitir, pero por alguna razón ya el fútbol no te atrapa tanto como antes. O igual nos hacemos mayores y el fútbol ha cambiado más rápido que nosotros. Cada día se parece más al anterior y eso nos lleva a vivir a un ritmo vertiginoso. Antes todo era nuevo, ya todo está inventado. Recordamos en función de nuestras vivencias experimentadas y buena parte de ella transcurren en la infancia o adolescencia: nuestro primer Mundial, primera Eurocopa, el primer amor y otras muchas primeras cosas. Sea esta, querido lector, una de las razones de mi poca actividad en Mis peloteros favoritos y la explicación que te mereces. 

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