16 de febrero de 2016

El penalti de Messi o el Guernica del fútbol


Corría el 5 de diciembre de 1982 cuando Johan Cruyff sentó cátedra en el fútbol europeo con una jugada que quedaría grabada en todas las hemerotecas. El holandés, en su segunda etapa en el Ájax de Ámsterdam, protagonizaría una jugada que permanecería indeleble que competiría con el inenarrable gol de Maradona ante Inglaterra en el Mundial de México 1986 o con el penalti de Panenka en la Eurocopa de Yugoslavia 1976. En un partido de la Eredivisie holandesa ante el modesto Helmond, el mítico jugador neerlandés, asociado con Jesper Olsen, volvería a hacer historia. Muchos jugadores han intentado reproducir ese inolvidable lanzamiento y algunos lo errarían como en el caso de Thierry Henry y Robert Pirés en 2005.

En fútbol, se hace evidente el aforismo de que el arte no tiene fecha de caducidad. Generaciones venideras seguirán hablando de esas jugadas míticas que han contribuido a endulzar el mágico aura que envuelve este maravilloso deporte. Y como si de un remake cinematográfico se tratara, el 14 de febrero de 2016, Leo Messi volvió a hacer historia. Confabulado con Neymar, el astro argentino haría su propia versión del mítico penalti de Johan Cruyff, aunque finalmente Luis Suárez, con una incesante galopada, fuera quien firmara ese inefable tanto.

Según la mecánica clásica de Newton, toda acción tiene su reacción igual pero opuesta. Este Barça, instaurado en la excelencia futbolística, con sus florituras y filigranas propias de un nivel de juego sencillamente sublime, está generando tantos admiradores como detractores, eufemismo de envidiosos. ¿Es Neymar un burlón por llevar a cabo una lambreta, mostrando una plasticidad y una potencia en la cadera y los tobillos al alcance de pocos mortales? ¿Ha ridiculizado Messi a un Celta agónico que esperaba el pitido final como si no hubiera mañana? Sólo plantear estas cuestiones es tan irrisorio como patético.

Es como si Zidane o Iniesta pidieran perdón tras llevar a cabo sus características ruletas o croquetas, respectivamente. O como si Garrincha fuese vil y despiadado por tener un abánico de regates legendarios. ¿También sería Higuita un provocador por su antológico escorpión contra Inglaterra en un amistoso de Wembley en 1995. ¿Y nada que objetar al exuberante tacón de Guti en Riazor que tantas portadas de Marca deparó? Chulear es limpiarse el escudo de campeón del mundo al ser expulsado en el Estadio Arcángel por agresión, pisar a un rival o no esperar cómo el rival recoge el título. Un penalti exquisito y exento de cualquier otro elemento que no sea supremacía deportiva. Solamente la idea de discutirlo resulta absurda, aunque sólo fuera para homenajear a Johan Cruyff, mientras se recupera satisfactoriamente de su enfermedad.

No hay provocación, ni humillación, ni nada remotamente parecido. Se trata de fútbol en estado puro y las tentativas de los medios de comunicación más rancios y corrosivos de demonizar el arte. Es un paralelismo con el histórico Guernica de Pablo Picasso, una obra que fue vetada en España y que sería trasladada al Museo del Arte Moderno de Nueva York. Si el fútbol no estuviera edulcorado por estas acciones impregnadas de belleza, arte y armonía, quedaría desprovisto de su ingrediente más especial. No caigamos en esa trampa.

Fuente: José Sámano (15/2/2016). Gracias Messi. Diario El País.

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