26 de enero de 2017

Lírica Pachanguera: El retorno a Los Salesianos


Había transcurrido un par de años desde que la rutina de jugar al fútbol había caído en el dique seco. Siempre me encantó aquella frase de Quien se va sin que no lo echen vuelve cuando le da la gana. Y tras un par de semanas de calentamiento, de partidos de ensayo, un recital de caras nuevas, otras que se fueron para, quizás no volver, bajas a última hora y recurrir a todos nuestros contactos, por fin Los del Miércoles volvieron. Rebautizados, dado el cierre de Los Salesianos los viernes por la tarde debido a actividades extraescolares, allí nos dispusimos a asistir. Un lugar especial donde fragüé amistades eternas, viví tardes inolvidables, reventé más botas que las que el bolsillo me permitía y el lugar donde crecí.

A fin de evocar costumbres de la infancia, quedé con mi inseparable compañero de aventuras y gran amigo Ismael Macías en mi barrio para emprender el camino al partido, donde nos esperaban los demás, calentando, corriendo, estrellando balones contra la pared o mirando el grupo de WhatsApp para recordar la hora a los menos puntuales. O despertarlos de la siesta, dicho sea de paso. Con un frío envolvente como invitado inseparable que nos acompañó durante toda la jornada, allí llegamos a Los Salesianos ataviados con gruesos chaquetones, camisetas térmicas, anoraks, bragas y guantes. Sin embargo, al partido aún le quedaría un trecho para comenzar

Decía Charles Darwin que en la selva, el animal más rápido es el que más probabilidades tiene de sobrevivir. Y algo así ocurre cuando la gélida brisa perenne en Sevilla, con su ineludible carácter húmedo, se instala entre nosotros con la firme intención de no abandonarnos. Como así lo evidenció Rubén Mateos quien no se deshizo de su sudadera durante todo el encuentro, lo que no le privó de firmar un buen partido con varios goles de bella rúbrica, destellos de calidad y buenas actuaciones de guardameta, además de buen rollo y una armonía que nos invadió con más ímpetu que el frío. Esa parecía ser la máxima inherente a Los del Miércoles: correr para no morir de frío. Situaciones climáticas aparte, así comenzó un partido muy alegre, vistoso, emocionante y con excelsas dosis de espectáculo. Las gradas estaban repletas de personas que estallaban en júbilo a la espera de ver jugar a sus cracks domésticos, los puestos ambulantes de pipas y refrescos ultimaban sus reservas para no dejar desprovistos a los aficionados, el olor a césped en forma de asfalto contagiaba a todos los presentes y los más pequeños del lugar abarrotaban los aledaños con kilométricas colas a la espera de un selfie con sus ídolos. Es broma. También nos pedirían fotos hordas de bellas adolescentes que, carpeta en mano, incluso nos lanzaban algún descarado piropo. Pero aún faltaba un elemento para que la pelota comenzara rodar. Mario Machuca aún no había llegado.

Tanto fue así que Emilio, un viejo compañero de pachanga que se disponía a jugar un partido en una pista colindante, tuvo que sustituirlo de forma temporal hasta que Mario, reptando o galopando, llegara. Finalmente lo hizo y nos dejó boquiabiertos al despuntar como un sobrio portero —no de discoteca, sino de los buenos—, con reflejos que nos salvaron en más de una vez. También vino Fernando Cornello, hermano ante todo, con quien compartí equipo durante una parte del choque antes de efectuar un cambio con el que compensar ambas escuadras. Sereno y con unos elegantes cambios de ritmo, nos regaló alguna que otra floritura y dispuso de algunas ocasiones de gol. Ismael, consistente y firme en defensa, se erigió como un inexpugnable mariscal de la zaga. En él recayó la siempre infravalorada tarea de edificar, crear juego y embelesarnos con su fútbol combinativo. Su gran disparo a media distancia nos deleitaría con varios auténticos golazos que ni Paul Scholes en sus mejores tiempos. Como Sailesh Hingorani, neófito en tierras salesianas y jugador firme de ideas claras con calidad y solidario tanto en labores ofensivas como defensivas.

Dani Gutiérrez, atrevido como siempre, nos obsequió con sus galopadas por banda y protagonizó varios contundentes remates de cabeza. Su inseparable Ángel Romo jugó de forma correcta, inmerso en labores constructivas y comandando los contraataques de su equipo. Con quien tuve la suerte de compartir terreno de juego fue con Suli Puelles, ávido en el pase a media distancia, observador y con una amplia visión de juego para encarrilar las jugadas que Jesús, situado en la punta de ataque, resolvía con rotundidad y precisión. Y por último, quien redacta estas líneas no dirá aquello de Quien tuvo retuvo pero realizó un aceptable partido, mejorando poco a poco su estado de forma físico y anotando nada menos que tres goles aunque, por encima de todo, viviendo una gran tarde entre fútbol y amigos. Lo cierto es que no recuerdo quién ganó, sólo que la moneda pudo decantarse por cualquiera hasta el último suspiro, pero qué mas da eso. Porque así es el deporte rey, capaz de crear amistades que perduran con el paso del tiempo, sobreviviendo a los contratiempos que causan los quehaceres académicos o laborales. Un deporte sin parangón, capaz de lo mejor y de lo peor, que se encarga de recordarnos, aunque sea una vez por semana, que una vez fuimos niños y que en el fondo aún lo seguimos siendo. Si crecer consiste en perder esas costumbres, mundanas y repletas de incalculable valor que otorga calor hasta a la tarde más fría del año, mejor sigamos siendo niños.

Miércoles, 25 de enero de 2017.

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